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Unos días atrás, asistí a una reunión junto a unos compañeros para conocer a un equipo con el cual empezar un nuevo proyecto. Soy muy bueno recordando rostros (quisiera decir lo mismo al momento de recordar el nombre); así que identifiqué a un viejo compañero de estudios entre el nuevo grupo. No estaba seguro del por qué, pero decidí no decirle que lo conocía. Quise ver qué ocurría.

Tras hablar acerca del proyecto por un tiempo, resultamos hablando uno tras otro sobre cómo algunos eran conocidos entre sí. Cuando fue mi turno de hablar, me dirigí a mi ex-compañero y le dije: «Yo te conozco, estudiamos juntos en primero básico». Él se mostró dubitativo sobre mí. No me recordaba.

Uno de mis compañeros me identificó diciendo: «Luis Carlos. El que se la pasaba siempre con un Game Boy jugando Pokémon». Inmediatamente después de escucharlo, el ex-compañero exclamó «¡Ahhh, Chuika –-mi apodo de toda la vida—, cierto! Tiempo de no verte.»

La reunión continuó sin complicaciones. Pero la frase por la que fui reconocido siguió sonando en mi cabeza:

El que se la pasaba con un Game Boy jugando Pokémon.

Mejor descripción para mi infancia será difícil encontrar. Creo que mejor así. Me siento bien al ser descrito de esa forma. Al igual que muchos geeks cuya infancia ha sido marcada por video juegos; estoy orgulloso de ser el chico del Game Boy.

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