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Cuando empecé en la fotografía creí que los aspectos técnicos serían pan comido. Estaba equivocado. Aprendí los controles básicos de la cámara; los practicaba haciendo tomas en algunos eventos a los que asistía, pero en la mayoría había buena iluminación y, lo más importante, tenían fin personal.

Junto a unos amigos empezamos la empresa de creación de medios. Un día, al fin, pudimos concretar tomar una sesión de estudio con una modelo. Sin embargo nuestra habilidad fotográfica no se estaba centrada en los aspectos técnicos, sólo en la composición. Entonces decidimos hacer unas pruebas tomando fotos a objetos, con el equipo de iluminación del que disponíamos, apenas tres días antes de la sesión. Descubrimos que nuestro equipo no era tan bueno como creíamos, pero principalmente, descubrimos que necesitábamos aprender demasiado aún.

Contábamos con unas cuantas bombillas a base de LEDs, que por sí solas no iluminaban casi nada. No teníamos más fuentes de luz (usar el flash de la cámara no era recomendable, pues crearía puntos de iluminación muy concentrados). Eran las dos de la mañana, y frente a la presión de la que sería mi primer sesión, yo estaba asustado por no poder hacerlo. Entonces se nos ocurrió algo: tomar una foto a muy baja velocidad. A menor velocidad, el sensor capta más luz.

Me quité los zapatos y los puse sobre el plano que estábamos usando como fondo, establecí la velocidad de obturación en 6 segundos, colocamos otro par de luces para que funcionara como fondo, le pedí a mi compañero que pasara una de las bombillas sobre el objeto mientras tomaba la foto y, finalmente, ¡disparé! El resultado de ello es la fotografía que encabeza esta entrada; muy bueno en mi opinión.

Entonces perdí el miedo a tomar la sesión, supe que podíamos hacerlo. Nos contentamos al ver lo que habíamos logrado. Fuimos a por unas antigüedades de mi casa y pasamos toda la noche fotografiando.

Aprendí más esa noche que en todo el tiempo que tenía de estar probando la cámara.

 

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